Blanco perfecto

Acabo de volver de la aventura salada. Uyuni, a 12 horas de bus de La Paz por caminos sin asfalto que hacen retumbar hasta el alma, es una ciudad que hoy por hoy vive del turismo. Este viaje ha estado tan lleno de variados accidentes que debo poner las ideas en orden antes de traspasarlas aquí. Pero lo haré, el viajecito no ha tenido desperdicio. Ahora les dejo algunos datos sobre el lugar y sus mecanismos.

Empecemos por un comentario de la Guía Azul de Bolivia, ahí nos dicen que “Sin duda alguna, recorrer esta zona es algo que indiscutiblemente hay que hacer si se visita Bolivia [totalmente de acuerdo]. El luminoso y fantasmagórico blanco perfecto del salar y los paisajes oníricos que rodean las increíbles lagunas de colores hacen de este recorrido algo realmente especial.” Pues sí, cierto es, no creo que olvide nunca lo que he visto esto días, ese fantasmagórico blanco perfecto es tan perfecto que me quemó la retina; por no llevar gafas de sol pasé 24 horas sin poder abrir los ojos, en cama, segregando lágrimas que poco a poco me iban sanando hasta recuperar la visión. Supongo que esta huella era necesaria para aprender que no soy inquebrantable, además perder la vista por un día da para mucho, en otros sentidos.

Uyuni. Sur de Bolivia, departamento de Potosí (donde las ricas minas), actualmente cuenta con casi 20 mil habitantes. Esta ciudad nació con el ferrocarril. Hubo un tiempo en que este país tenía salida al mar (ya se encargan ellos de no olvidarlo jamás), pero la perdió en la guerra del Pacífico con Chile. Entonces el presidente Aniceto Arce decidió construir el ferrocarril para unir Bolivia con una salida al mar, Antofagasta, ahora de propiedad chilena. La maniobra era clara: había que tener un lugar por el que sacar del país la producción minera de la región, y así lo hizo. En 1889 se inaugura la línea Bolivia-Antofagasta y al parecer así se creó -de la nada- la ciudad de Uyuni en torno al ferrocarril, ya que por este punto pasaba cualquier mercancía que se dirigiera a ultramar. Durante la primera mitad del siglo XX Uyuni no paró de crecer, pues en torno a este lugar se fue desarrollando una intensa actividad comercial. Su población la formaban mineros, comerciantes y algunos otros hombres que andaban en busca de fortuna. Hay una película que retrata todo este gentío, Los Andes no creen en Dios, de Antonio Eguino, habrá que verla.

Tras este boom comercial, la línea fue cayendo en desuso (probablemente tenga algo que ver la entrada de Bolivia en el sistema neoliberal, los nuevos usurpadores de los recursos locales tendrían otras rutas y triquiñuelas para llevarse los minerales) y Uyuni se quedó como un mero lugar de paso del tren. Sin embargo, el turismo lo ha hecho resurgir del letargo y de qué manera. Pero esta es, como digo, historia de otra postal.

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