Espejos

En 2008 Eduardo Galeano publica Espejos, una colección de cuentitos hiperbreves que narran distintos orígenes, diversas leyendas, diferentes rumbos imaginados, leídos o escuchados por los fatigados rincones del planeta tierra. Una historia casi universal, dice el subtítulo. Alguien pasó recientemente por esta casa, desde donde se ven las montañas pobladas de viviendas, esas que a la noche se convierten en mar de fueguitos. Esa persona llevaba un ejemplar y nos estuvo leyendo algunos cuentos, ayer lo vi por 15 bs. y ahora el libro se mueve por este espacio de grandes ventanales, de mesilla en mesilla. Lo más lindo es la edición que como haciendo honor a su contenido se presenta en un volumen de unos 25×15. Una edición portátil de Siglo XXI, portátil y cutrona, porque para encontrar un ejemplar con todas las páginas impresas tuve que echarle un ojo a varios de ellos. Pero igual, parece un libro adecuado para el que viaja ligero, en cuerpo y alma, por estas tierras del sur. Sé que a algunos de ustedes Galeano les parece un pesado o un cursi, a mí a ratos también, pero siempre lo tuve por un hombrecillo tierno. Acá les dejo algunos instantes.

 

Tu futuro te condena

Siglos antes de que naciera la cocaína, ya la coca fue la hoja del Diablo.

Como los indios andinos la mascaban en sus ceremonias paganas, la iglesia incluyó la coca entre las idolatrías a extirpar. Pero las plantaciones, lejos de desaparecer, se multiplicaron por cincuenta desde que se descubrió que la coca era imprescindible. Ella enmascaraba la extenuación y el hambre de la multitud de indios que arrancaban plata a las tripas del Cerro Rico de Potosí.

Algún tiempo después, también los señores de la colonia se acostumbraron a la coca. Convertida en té, curaba indigestiones y resfríos, aliviaba dolores, daba bríos y evitaba el mal de altura.

Hoy en día la coca sigue siendo sagrada para los indios de los Andes y buen remedio para cualquiera. Pero los aviones exterminan los plantíos, para que la coca no se convierta en cocaína.

Sin embargo, los automóviles matan mucha más gente que la cocaína y a nadie se le ocurre prohibir la rueda.

A Bolivia la borraron del mapa

Una noche de 1867, el embajador del Brasil prendió al pecho del dictador de Bolivia, Mariano Melgarejo, la gran Cruz de la Orden Imperial del Crucero. Melgarejo tenía la costumbre de obsequiar pedazos de país a cambio de condecoraciones o caballos. Aquella noche se le saltaron las lágrimas y ahí nomás regaló al embajador sesenta y cinco mil kilómetros de selva boliviana rica en caucho. Con ese regalo y doscientos mil kilómetros cuadrados más de selva conquistada por guerra, Brasil se quedó con los árboles que lloraban goma para el mercado mundial.

En 1884, Bolivia perdió otra guerra, esta vez contra Chile. La llamaron guerra del Pacífico, pero fue la guerra del Salitre. El salitre, basta alfombra de brillante blancura, era el más codiciado fertilizante de la agricultura europea y un ingrediente importante de la industria militar. El empresario inglés John Thomas North, que en las fiestas se disfrazaba de Enrique VIII, devoró todo el salitre que había sido de Perú y de Bolivia. Chile ganó la guerra y él la cobró. Perú perdió mucho y también perdió mucho Bolivia, que quedó sin salida al mar, sin cuatrocientos kilómetros de costa, sin cuatro puertos, sin siete caletas y sin ciento veinte mil kilómetros cuadrados de desiertos ricos en salitre.

Pero este país, tantas veces mutilado no fue oficialmente borrado del mapa hasta que ocurrió un incidente diplomático en la ciudad de la Paz.

Puede que sí, puede que no. Muchas veces me lo contaron, y así lo cuento: Melgarejo, el dictador borracho, dio la bienvenida al representante de Inglaterra ofreciéndole un vaso de chicha, el maíz fermentado que era y es la bebida nacional. El diplomático agradeció y elogió las virtudes de la chicha, pero dijo que prefería chocolate. Entonces el presidente lo convidó amablemente a una enorme tinaja de chocolate. Toda la noche pasó el embajador, prisionero, obligado a beber este castigo hasta la última gota, y al amanecer fue paseado en burro, montado al revés, por las calles de la ciudad.

Cuando la reina Victoria se enteró del asunto, en su palacio de Buckingham, mando traer un mapamundi. Preguntó dónde diablos quedaba Bolivia, tachó el país con una cruz de tiza y sentenció:

Bolivia no existe.

[ya una vez copié aquí una versión similar de esta historia.]

Peligro en los Andes

El zorro venía bajando del cielo, cuando los loros le rompieron a picotazos, la cuerda por donde se deslizaba.

El zorro se reventó contra los altos picos de la cordillera de los Andes, y su estallido desparramó la quinua que traía en la barriga, robada a los festines celestes.

Así, esta comida de los dioses fue sembrada en el mundo.

Desde entonces, la quinua vive en tierras muy altas, donde solo ella es capaz de aguantar la aridez y el frío.

El Mercado mundial jamás presto la menos atención a esta despreciable comida de indios, hasta que se supo que el minuscule granito, capaz de crecer donde nada crece, es muy buen alimento, no engorda y evita algunas enfermedades. Y en 1994 la quinua fue patentada por dos investigadores de la Colorado State University (US Patent 5304718).

Se desató entonces la furia de los campesinos. Los patentadores aseguraron que no iban a usar su derecho legal a prohibir el cultivo, ni a cobrarlo, pero los campesinos, indígenas bolivianos, respondieron:

No necesitamos que venga ningún profesor de los Estados Unidos a donarnos lo que es nuestro.

Cuatro años después, el escándalo universal obligó a la Colorado State University a renunciar a la patente.

 

Peligro en las fuentes

Según informa el Apocalipsis (21:6), Dios hará un mundo nuevo y dirá:

A los sedientos ofreceré, gratuitamente, agua de los manantiales.

¿Gratuitamente? ¿El mundo nuevo no tendrá ni un lugarcito para el Banco Mundial, ni para las empresas consagradas al noble negocio del agua?

Eso parece. Mientras tanto, en el mundo Viejo en el que todavía vivimos, las Fuentes del agua son tan codiciadas como las reservas de petróleo y se están convirtiendo en campos de batalla.

En América la primera guerra del agua fue la invasión de México por Hernán Cortés. Los más recientes combates por el oro azul ocurrieron en Bolivia y en Uruguay. En Bolivia, el pueblo alzado recuperó el agua perdida; en Uruguay, un plebiscito popular evitó que el agua se perdiera.

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