Ni la tierra ni las mujeres somos territorio de conquista

Para escribir este texto he querido escuchar el dictado de los cerros cargados de casas, de canchas de fútbol, de senderos, de lavanderías, de plazuelas llenas de perros callejeros y de cleferos y cleferas que toman el sol. Me he acercado al borde del cerro a contemplar los basurales donde en rebeldía crece todavía en tiempo de lluvia la chilka con que curar inflamaciones, moretes y fracturas.

Para escuchar el dicatado de los cerros he trepado a las terrazas donde colgamos la ropa mientras miramos al Illimani, he sentido el calor ardiente de las calaminas al sol de mediodía que como espejos rotos encienden la montaña y la convierten en una alucinación metálica. He subido casi sin aire y cargando una garrafa de gas por las infinitas gradas que parece que suben al cielo de las que está repleto este hueco montañoso donde está instalada la ciudad deLa Paz.

[…]

Madre Tierra

La imagino diciendo “yo no les he parido, ustedes no son mis hijos”. No quiero ofrendas de sangre de llama, ni altares de endiosamiento. No quiero que me atribuyan voluntades, ni que hablen en mi nombre. No quiero que se proclamen mis hijos, ni tampoco mis defensores. No quiero que entre culturas se disputen la más profunda comprensión de mi fecundidad, no es cierto que quechuas, ni aymaras ni ninguna otra cultura indígena ancestral sobre la tierra detente la comprensión de mi voluntad, de mi ser, ni se relacione más directamente conmigo.

La conversión de la tierra; en mujer primero, y madre después, aparece como una operación sospechosa de ser primero una manera de extender sobre la tierra el mismo tipo de dominación que se ejerce sobre el cuerpo de las mujeres. Las mujeres atadas a la tierra convertidas en cuerpo fecundo a ser fertilizado y controlado; y la tierra al mismo tiempo, convertida en mujer y su fecundidad a ser interpretada como fecundidad feminizada bajo el dominio, la interpretación y el control masculino. La reducción de las mujeres y la tierra a una misma entidad femenina sacralizada en su fecundidad y en su capacidad materna es una operación de dominación patriarcal. Es una trampa simbólica que pesa como una lápida sobre el cuerpo de las cientos de miles de mujeres indígenas de diferentes cuturas que en sus cuerpos tienen que cumplir una especie de mandato natural de maternidad y fusión con la tierra.

[…]

Ni la tierra es mujer, ni las mujeres somos la tierra, ni la naturaleza es madre reproductora de vida para el hombre, ni nuestra fecundidad es naturaleza a ser cumplida a voluntad masculina.

(Extractos de un texto de María Galindo que aparece en el número 6 de Mujer Pública, publicación de Mujeres Creando.)

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clefero: el que consume clefa, nombre que recibe un pegmento que inhalan algunos en Bolivia. Se habla de familias donde tres generaciones son adictas a este pegmento.

chilka: arbusto resinoso de la familia de las compuestas que crece en las faldas de las montañas del continente americano.

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